HABITAR UN CUERPO
Todas las personas habitamos un cuerpo.
Es el lugar desde el que vivimos, sentimos, aprendemos, nadamos, abrazamos, reímos y envejecemos. Es el hogar que nos sostiene y nos acompaña toda la vida. Ningún cuerpo es igual a otro y ninguno permanece igual para siempre. Todos cambian con el tiempo, con las experiencias y con la vida.
Sin embargo, no todos los cuerpos reciben la misma mirada.
Hay lugares donde el cuerpo se hace más visible. La piscina es uno de ellos.
Aquí dejamos al descubierto la piel, las cicatrices, las estrías, las canas, las pecas, las curvas, las prótesis, las diferencias. Y, muchas veces, también dejamos al descubierto nuestros miedos.
Porque no siempre nos sentimos libres de mostrarnos tal y como somos.
Hay cuerpos que parecen ocupar el espacio con naturalidad y otros que han aprendido a esconderse. Hay cuerpos que reciben reconocimiento y otros que soportan miradas, comentarios o juicios que nunca pidieron.
Vivimos rodeados de imágenes y mensajes que nos dicen cómo debería ser un cuerpo: qué talla debería tener, cómo debería envejecer, qué aspecto debería mostrar o incluso cómo debería moverse. Sin apenas darnos cuenta, aprendemos a compararnos con un modelo de belleza imposible que no representa la realidad.
Y esa comparación tiene consecuencias.
La gordofobia, el edadismo, el capacitismo o la presión estética siguen condicionando la forma en que muchas personas viven su propio cuerpo. No todas sienten la misma libertad para ponerse un bañador, entrar en una piscina o simplemente ocupar el espacio público sin miedo a ser observadas o juzgadas.
Aunque estas presiones pueden afectar a todas las personas, sabemos que tienen un impacto especialmente profundo en las mujeres y las niñas.
Desde edades muy tempranas, muchas niñas aprenden que su cuerpo puede convertirse en algo que otros observan, valoran o cuestionan. Aprenden mensajes sobre cómo deberían verse, qué tamaño deberían tener o cómo deberían encajar en unos cánones que pueden llegar a ser perjudiciales para ellas.
Esta presión acompañará a muchas mujeres a lo largo de sus vidas, condicionando su relación con su propio cuerpo y con los espacios que ocupan.
Por eso necesitamos cambiar la mirada.
Necesitamos construir una sociedad donde ninguna persona sienta que debe esconderse para ser aceptada.
Una mirada que entienda que todos los cuerpos merecen respeto.
Que todas las personas merecen sentirse seguras.
Que la diversidad no necesita justificarse porque siempre ha formado parte de la vida.
Ese es el sentido de este mural.
No representa cuerpos perfectos.
Representa cuerpos reales.
Cuerpos grandes y pequeños.
Jóvenes y mayores.
Con distintas capacidades.
Con distintos colores de piel.
Con distintas historias.
Porque todas las personas tenemos derecho a reconocernos en los espacios que compartimos.
Este mural no pretende decirnos cómo debemos ser.
Nos invita, simplemente, a mirar de otra manera.
A recordar que el valor de una persona nunca depende de su apariencia.
Que la belleza no tiene una única forma.
Y que la diversidad no es una excepción.
Es, y siempre ha sido, el paisaje de nuestra sociedad.
Para no perderte nada acerca de la Villa de El Casar.